sábado, 19 de octubre de 2013

PUNITUM

Ese día me levanté como todos los días. Un día más en mi vida.
Desayuné rápido y salí a trabajar. Cuando regresé, al anochecer, varios patrulleros estaban frente a mi casa y todos los vecinos rodeando el lugar y cuchicheando.
Me acerqué a uno de los oficiales, le pregunté que sucedía y si podía ingresar a mi casa.
– Mataron a una familia. ¿Ud. es de la casa del fondo? – preguntó el oficial.
– Sí. – le respondí.
A lo que contestó, de modo imperativo:
– Ábranos la puerta para revisar todo.
Los dejé pasar. Revisaron el patio y la terraza. Luego hicieron lo mismo en toda la casa, buscando armas, mientras yo les aclaraba que no tenía ningún tipo de armas en casa.
Al rato aparecieron cinco policías más.
Uno de ellos era el jefe del operativo.
Éste habló con los que estaban husmeando mi casa y se fueron, sólo quedaron los últimos en entrar.
Mientras uno, en su máquina de escribir, pasaba el informe que le pasaban dos de sus compañeros, el jefe y su segundo me interrogaban tratando de saber si tenía contacto con mis vecinos asesinados. Les respondí que el trato con ellos era saludarlos cuando salía o cuando llegaba a casa.
Después de estar 3 horas dando vueltas por mi casa se fueron.
Antes de irse, el oficial a cargo me pregunta si sabía de algo o alguien llamado Vannes.
– No, ¿porqué?
– Los vecinos comentaron que el asesino gritó esa palabra.
Cerré la puerta y esperé que se fueran todos. Sólo quedó un patrullero en la esquina.
Deduje que había sucedido, ya que en un tiempo usaba el alias Vannes, y un viejo enemigo me llamó y amenazó de muerte. Aunque supuse que no me encontraría, porque mis datos no figuraban en ninguna guía, me equivoqué.
Por fortuna mis vecinos tenían la mala costumbre de dar mi dirección, para la correspondencia y mi enemigo debe haber entrado allí por equivocación y los mató.
Entré a mi habitación y me dirigí hacia uno de los armarios, me agaché y abrí el piso falso y saqué lo necesario para el trabajo que debí haber hecho mucho tiempo atrás.
Yo sabía cada paso de mi enemigo, Sansdont, su domicilio, los lugares que frecuentaba… así que esa noche debía actuar.
Lo espié en su casa, vi que seguía siendo un engendro. Su esposa y su hija tendrían paz después de mi trabajo.
Salió a la medianoche y yo detrás de él.
Al pasar por una plaza grité su nombre. Él se dio vuelta, sacó su arma y disparó directo a mi corazón. Caí por el impacto fulminante. Se acercó y dijo: “Prometí que te iba a matar Vannes y cumplo lo que prometo.”
– Aún no estoy muerto – dije.
Lo derribé y lo desmayé de un golpe.
Cuando despertó se encontró totalmente inmovilizado en el frío piso. Pero él no sentía su cuerpo, porque estaba sedado.
Lo puse con la cabeza inclinada como para que viera lo que iba a hacerle.
Fui cortando uno a uno sus miembros con instrumentos al rojo vivo, para que no sangrara.
Lloró y rogó al ver sus pies y sus manos mutiladas, pero sin sentir dolor, la anestesia lo impedía.
Seguí cortando sin hacer caso a sus súplicas.
Ya sin brazos ni piernas, sólo me quedaba la última parte del trabajo.
Lo castré y corté su pene, dejando sólo el agujero para orinar.
Le corté la lengua y por último desfiguré su rostro y cuerpo quemándolo con un soplete.
Ya solamente podía escuchar.
Me acerqué a su oído y le dije suavemente:
“Vas a querer morir mil veces al escuchar como gritan espantados los que vean el monstruo que eres.”
Lo dejé detrás de un hospital en otro país.
Sé que aún vive.
A su familia le dejé una carta, firmada por Sansdont, esa misma noche, diciendo que se iba para siempre y que fuera al banco a revisar una cuenta a nombre de ambas.
Aunque la mujer no creía lo que leyó fue al banco a probar suerte.
Se encontró con una cuenta de varios millones de pesos y el gerente del banco le dijo que además había una caja de seguridad a su nombre. Al abrir la caja sus lágrimas cayeron a mares y abrazó fuertemente a su hija. Ahí estaban las escrituras de una casa y de un negocio.


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